Nuestra propia experiencia dice que nadie crece ni progresa más que delante de aquellos que creen en él y le dan su confianza. Ocurre con los niños.. y con los adultos. Una confianza que se niegue a reducir al hermano a su defecto dominante. Desde luego, esa mirada confiada no tiene nada que ver con una ceguera piadosa . Sigue reconociendo con lucidez las limitaciones de cada uno, pero confía. Tenemos que convencernos que nuestro hermano, nuestro esposo, los hijos.. tienen necesidad de ser amados para llegar a ser ellos mismos.
Nuestros hermanos esperan muchas veces que se les ame para hacerse mejores. ¡ y nosotros , sin embargo, estamos esperando que sean mejores para amarlos! “Quiéreme cuando menos me lo merezca, porque probablemente es cuando más lo necesito”. Retomando la vieja norma bíblica debemos tratar al otro, cualquier que el sea, como nos gustaría que nos tratasen si estuviéramos en caso semejante. Actualizar esta norma y ponerla en práctica facilitaría enormemente nuestra relación.
Se trata en definitiva de aprender a ponerse en el lugar del otro.. desde la visión y vivencia del otro se ven las cosas de otra forma, comienza la comprensión mutua y se facilita la relación. ¡Cuántas heridas se hubieran podido evitar con un poco de amor! “Solo el amor que acoge y perdona en cada uno en su pobreza y verdad es capaz de posibilitar una verdadera convivencia dice S. Francisco de Asis.