Para vivir según el estilo de Jesús es necesario perseverar en la oración. Pero antes de nada hay que hacer un esfuerzo para distinguir entre “hacer oración” y “recitar oraciones“. Para muchos cristianos orar ha sido igual a repetir las fórmulas aprendidas. La oración es la realización explícita del encuentro y la relación con Dios. Es el acto vital privilegiado en el que vivimos personal e íntimamente la experiencia de Dios y con Dios. Tenemos que mantenernos en oración. Si Dios se nos perdiera del horizonte, nos quedaríamos sin raíz... sin punto de referencia… a la deriva. Sin Dios nos perdemos. Lo sabemos por la amarga experiencia de todos los días.
La oración si la vivimos con honestidad es atención. El acto más intenso de atención de la vida. Es concentración en lo que importa... es atención a la llamada de Dios… a la llamada de los demás. Orar es sensibilizarse. Llegar a tener una experiencia unitaria de si: Dios entra por los sentidos y son los mismos sentidos los que expresan a Dios. Orar es relativizar. El encuentro con lo radical y definitivo...dejar fuera de juego toda otra preocupación que pretenda tener un puesto en nosotros. Quien tiene relación con Dios se capacita para desmantelar a los ídolos y su mentira. La oración nos ayuda a no dejarnos sorprender por la tentación. Hace del hombre una conciencia despierta, preparada para ver el peligro y luchar contra él. La confianza es la que sostiene a las personas en las situaciones difíciles . Confiar... no cerrar ninguna puerta... Abrirse confiadamente a Dios… y orar siempre sin desanimarse.