Debemos eliminar la manía de juzgar. Juzgar a los demás es airear los males del prójimo… lnterpretar las intenciones ocultas… Podemos decir que ha sido y es algo como “el deporte nacional”… Es lo que más se lleva y gusta entre nosotros… Exceptuando a personas maduras y sabias que han aprendido a no juzgar, el resto nos hemos vuelto expertos en ello. A cada rato, para cada situación, en sevicio ininterrumpido, de día y de noche… y todos los días del año, incluidos los festivos, montamos rápidamente, en cualquier rincón… nuestro propio tribunal móvil… Y revestidos con una toga estrecha e inmisericorde nos ponemos a juzgar conductas, actuaciones, gestos y palabras… frases y silencios… Juzgamos, sin conocerlas, hasta las intenciones de los otros.
También nos hemos vuelto expertos en juzgarnos a nosotros mismos. Y muchas veces nos juzgamos mal… no nos valoramos debidamente… A menudo somos para nosotros el peor tribunal imaginable… Implacables con nosotros mismos. No nos perdonamos el pequeño error… la pequeña metidura de pata o aquella frase mal dicha… No es extraño que seamos también justicieros con los demás. Llevamos dentro de nosotros ese “juez” que sin carrera ni especialización, se erige en árbitro implacable y ¡asi nos va! Dictamos continuamente a izquierda y derecha sentencias injustas y desproporcionadas contra nosotros y contra los hermanos… sin tener en cuenta las atenuantes y sin derecho a recurso ni apelación.
Como siempre, excelente. Gracias