Jesús ante el futuro de la vida del hombre ni se hace las preguntas de sus interlocutores ni cae en la trampa de resolverlas. De modo muy hábil se sale por la tangente. Les deja sin argumentos. ¿Quién les ha dicho que lo que se imaginan es el futuro y el modo de vivir el hombre en la plenitud de Dios? ¿Qué saben ellos? ¿Qué sabemos nosotros? ¿Qué sabe nadie del futuro? El futuro es eso futuro. Y por lo tanto ni lo vemos… ni lo podemos examinar. Es lo absolutamente nuevo. Por lo tanto no tenemos ningún punto de referencia para poder comprenderlo y compararlo. El futuro se espera... se confía. Por el futuro se trabaja… hacia el futuro se camina. Jesús plantea la cuestión del futuro de la vida del hombre allí donde verdaderamente está: en Dios. Quien quiera decir algo del porvenir del hombre, que se encare con Dios con toda seriedad posible. El único argumento es que Dios ama al hombre y no permite que se pierda su vida. Si creemos en Dios debemos tener en cuenta que nuestro Dios no es Dios de muertos, sino de vivos. El Dios que nos ha revelado Jesús no abandona a su suerte la vida del hombre.
Es un Dios que pacta con nosotros… que se compromete… que se nos ha unido con alianza eterna. Que esta interesado profundamente por nuestro presente… y desde luego por nuestro futuro. Es el Dios del pacto con Abraham…y nadie pacta con muertos. A nosotros hoy nos basta con tener experiencia de que Dios es un Dios de vivos. Es el Dios que da la vida…que ampara nuestra vida… Es fuente de vida en la muerte y después de ella.