Las alabanzas que nos hacen tenemos que tratarlas como si fueran perfumes:
¡hay que respirarlos, pero sin tragarlos! La adulación es como una moneda falsa: hace más pobre al que la recibe. Es como la sombra ni te hace mayor ni más pequeño. Es la capa con que se oculta el desprecio. Si en tu vida resulta más ventajoso hacer alabanzas que cumplir con el deber, todo está perdido. Es más fácil soportar decenas de halagos engañosos que una sola represión sincera. Alabar sinceramente una acción buena es una manera de participar en ella.